Me gusta vivir aquí porque he echado raíces aquí, esas
raíces profundas y delicadas que unen al hombre con la tierra donde nacieron y
murieron sus abuelos, esas raíces que lo unen a lo que se piensa y a lo que se
come, a las costumbres como a los alimentos, a los modismos regionales, a la
forma de hablar de sus habitantes, a los perfumes de la tierra, de las aldeas y
del aire mismo.
¿De dónde vienen esas misteriosas influencias que trasforman
nuestro bienestar en desaliento y nuestra confianza en angustia? Diríase qué el
aire, el aire invisible, está poblado de lo desconocido, de poderes cuya
misteriosa proximidad experimentamos. ¿Por qué al despertarme siento una gran
alegría y ganas de cantar, y luego, sorpresivamente, después de dar un corto
paseo por la costa, regreso desolado como si me esperase una desgracia en mi
casa? ¿Tal vez una ráfaga fría al rozarme la piel me ha alterado los nervios y
ensombrecido el alma? ¿Acaso la forma de las nubes o el color tan variable del
día o de las cosas me ha perturbado el pensamiento al pasar por mis ojos?
¿Quién puede saberlo? Todo lo que nos rodea, lo que vemos sin mirar, lo que
rozamos inconscientemente, lo que tocamos sin palpar y lo que encontramos sin
reparar en ello, tiene efectos rápidos, sorprendentes e inexplicables sobre
nosotros, sobre nuestros órganos y, por consiguiente, sobre nuestros
pensamientos y nuestro corazón
¡Cuán profundo es el misterio de lo Invisible! No podemos
explorarlo con nuestros mediocres sentidos, con nuestros ojos que no pueden
percibir lo muy grande ni lo muy pequeño, 2 lo muy próximo ni lo muy lejano,
los habitantes de una estrella ni los de una gota de agua. . . con nuestros
oídos que nos engañan, trasformando las vibraciones del aire en ondas sonoras,
como si fueran hadas que convierten milagrosamente en sonido ese movimiento, y
que mediante esa metamorfosis hacen surgir la música que trasforma en canto la
muda agitación de la naturaleza... con nuestro olfato, más débil que el del
perro... con nuestro sentido del gusto, que apenas puede distinguir la edad de
un vino.
¿Acaso vemos—me respondió—la cienmilésima parte de lo que
existe? Observe por ejemplo el viento, que es la fuerza más poderosa de la
naturaleza; el viento, que derriba hombres y edificios, que arranca de cuajo
los árboles y levanta montañas de agua en el mar, que destruye los acantilados
y que arroja contra ellos a las grandes naves, el viento que mata, silba, gime
y ruge, ¿acaso lo ha visto alguna vez? ¿Acaso lo puede ver? Y sin embargo
existe.
¡Ah! ¿Quién podrá comprender mi abominable angustia? ¿Quién
podrá comprender la emoción de un hombre mentalmente sano, perfectamente
despierto y en uso de razón al contemplar espantado una botella que se ha
vaciado mientras dormía? Y así permanecí hasta el amanecer sin atreverme a
volver a la cama.
Es evidente que la soledad resulta peligrosa para las mentes
que piensan demasiado. Necesitamos ver a nuestro alrededor a hombres que
piensen y hablen. Cuando permanecemos solos durante mucho tiempo, poblamos de
fantasmas el vacío.
Cuán débil es nuestra razón y cuán rápidamente se extravía
cuando nos estremece un hecho incomprensible.
Dios ha hecho al hombre a su imagen y semejanza pero el
hombre también ha procedido así con él.